Toda mi vida he estado en la búsqueda constante de una conexión real, que vaya más allá de lo material, que conecte desde lo invisible, con el amor incondicional, con la inteligencia que todo lo crea. Por eso había decido a la edad de catorce años irme de monja, pero ante la negativa de la congregación que había elegido, tuve que quedarme cerca de ellas como catequista en la iglesia. A mi madre no le preocupaba esta decisión, al contrario la apoyaba, pero a mí abuela la gran médium del clan, le causaba un poco de escozor que yo pensara de una forma tan "cerrada", habiendo crecido en una familia impregnada por la libertad de culto, la investigación, el esoterismo y el trabajo de luz callado y amoroso.
Siendo feliz en mi papel de catequista, estudiaba la biblia a fondo, buscaba explicaciones en otras religiones, hablaba con personas de otras creencias para entender donde estaba el punto que nos unía y a la vez nos separaba, y fue ahí, a la edad de 19 años, donde me cerraron las puertas de la Iglesia bajo el titulo: "ella está confundida en la fe, y esto puede hacer mucho daño" El resto es historia.

